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¿POR QUÉ TABLETEAN LAS MÁQUINAS DE ESCRIBIR?
Vilém Flusser

Traducción: Pablo Marinas

 

 
La explicación es muy sencilla: el tableteo es más fácil de mecanizar que el deslizamiento. Las máquinas son tartamudas, aun cuando parezcan deslizarse. Esto es fácil de reconocer cuando un coche o un proyector de cine empieza a estropearse. 

Pero esta explicación no es suficiente. Pues lo que la pregunta quiere decir es: ¿por qué tartamudean las máquinas? Y la respuesta es: porque absolutamente todo lo que hay en el mundo (y el mundo como totalidad) tartamudea. Pero, sin duda, hay que observar un poco más de cerca para poder reconocerlo. Esto ya lo vislumbró Demócrito, aunque fue Planck el primero en poder prabarlo: todo "cuantiza". Por ello los números se adecuan al mundo, pero no así las letras. El mundo es cuantificable, pero indescriptible. Por tanto, los números deberían escapar del código alfanumérico y hacerse independientes. Las letras inducen aI mera parloteo sobre el mundo y deberían ser dejadas de lado como algo no adecuado a éste. 

Y esto, de hecho, ya está en marcha. Los números están emigrando del código alfanumérico a otras nuevos (por ejemplo, al código digital) y sirviendo para alimentar ordenadores. Y las letras (si es que quieren sobrevivir) deben imitar a los números. Por eso tabletean las máquinas de escribir.

Sin duda, aún hay algo que decir sobre el tema. Por ejemplo: el hecho de que todo en el mundo tartamudea no se ha puesto de manifiesto hasta que no se ha empezado, precisamente, a contarlo todo. Para poder contarlo, se lo ha descompuesto en piedrecitas (calculi) y, posteriormente, a cada una de ellas se le ha asignado un número. El hecho de que nuestro mundo sea una dispersión de partículas ¿es, pues, acaso una consecuencia de nuestro contar? ¿No un descubrimiento, sino una invención? ¿Acaso descubrimos en el mundo aquello que nosotros mismos hemos introducido en él? 

Es posible que el mundo sólo sea cuantificable, porque nos lo hemos fabricado de tal manera que coincida con nuestros cálculos. No es que los números se adecuen al mundo, sino más bien al revés: nosotros hemos hecho el mundo de tal manera que se adecuase a nuestro código numérico. Éstos son pensamientos inquietantes.

Son inquietantes en tanto en cuanto conducen a lo siguiente: el mundo es hoy en día una dispersión de partículas porque nosotros nos lo hemos fabricado de ese modo, para que encaje con nuestros cálculos. Antiguamente, por el contrario (al menos desde los filósofos griegos), se describía el mundo alfabéticamente. Así pues, en aquel entonces, el mundo tuvo que haberse organizado según las reglas del discurso disciplinado, según las reglas de la lógica, y no según las de la matemática. 

De hecho, Hegel era de la opinión, que hoy en día nos parece enloquecida, de que todo en el mundo es lógico. Actualmente somos de la opinión opuesta: todo en el mundo es reductible a contingencias absurdas, las cuales pueden ser computadas por medio del cálculo estadístico. Hegel, precisamente, pensaba por escrito (en discursos dialécticos), mientras que nosotros pensamos calculando (procesando datos puntuales).

La cosa se pone aún más inquietante si pensamos que Russell y Whitehead, en sus Principia Mathematica, demostraran que las reglas de la lógica no podían reducirse por entero a las de la matemática. Estos dos señores, como es sabido, intentaron manipular matemáticamente el pensamiento lógico (lo que llamaron "cálculo proposicional"), intento durante el cual se toparon con dicha irreductibilidad. 

Así, entre el mundo descrito (por ejemplo, el de Hegel) y el mundo cuantificado (por ejemplo, el de Planck) no puede tenderse ningún puente adecuado. Desde que, metódicamente, aplicamos el cálculo al mundo (es decir, cuando menos desde la geometría analítica de Descartes), la estructura del mismo ha cambiado hasta hacerse irreconocible. Y, poco a poco, ha corrido la voz.

De acuerdo con lo anterior, podemos tener la tentación de concluir que depende de nosotros cómo esté estructurado el mundo. Si nos apetece describirlo, tiene pinta de discurso lógico, y si el cuerpo nos pide más bien calcular, entonces aparece como una dispersión de partículas. Ésta sería una conclusión precipitada. Sólo desde que calculamos disponemos de máquinas (por ejemplo, de máquinas de escribir), y sin máquinas no podríamos vivir, aunque quisiéramos. Así pues, estamos obligados a contar en lugar de escribir, y si, a pesar de todo, queremos escribir, entonces debemos hacerlo tableteando. Es como si, efectivamente, hubiese que fabricar el mundo con arreglo al cálculo, pero como si él mismo estuviera también pidiendo que se lo fabrique de ese modo.

En este punto del rompecabezas, ha llegado el momento de ponerle bridas al asunto. En caso contrario, se corre el peligro de caer en terreno sin suelo de lo insondable (en lo religioso). Para evitar semejante caída en una sacralización de los números de tipo pitagórica, debemos representarnos el gesto de contar como opuesto al de escribir. Cuando aún se escribía con la mano, lo que se hacía era trazar, de izquierda a derecha, a lo largo de un renglón, una línea curvada, interrumpida en algunos puntos (esto si se vivía en Occidente, claro está). Era un gesto lineal. Cuando se cuenta, se escogen unas piedrecillas de un montón grande y se las junta en montoncitos más pequenos. Es un gesto puntual. Primero se calcula (se escoge) y luego se computa (se junta). Se analiza, para después sintetizar. Ésta es la diferencia radical entre escribir y contar: el contar termina en síntesis, pero no así el escribir.

Los que se dedican a escribir pretenden negar esto. En el contar sólo ven el cálculo y dicen que éste es frío y carente de sentimientos. Éste es un malentendido realmente malintencionado. Cuando se cuenta, de lo que se trata es de computar lo fríamente calculado en algo nuevo, no habido hasta entonces. Semejante furor creativo, mientras sólo se empleen números en el cálculo, permanece inaccesible para aquellos que no saben contar. Éstos no pueden experimentar la belleza y la profundidad filosófica de algunas ecuaciones extraordinarias (como por ejemplo, la ecuación de Einstein). 

Pero desde que es posible descodificar, mediante ordenadores, los números en colores, formas y notas, la belleza y profundidad del cálculo se han hecho perceptibles sensorialmente. Su potencia creadora puede verse con los ojos en una pantalla de ordenador, oírse con los oídos en la música sintética y en un futuro, probablemente, se podrá tocar con las manos en forma de hologramas. Lo más fascinante del cálculo no es que construye el mundo de modo que se adecue a él (eso también lo puede hacer la escritura), sino el hecho de que sea capaz de proyectar, a partir de sí mismo, mundos perceptibles por los sentidos.

No tiene mucho sentido ponerse a denostar esos mundos proyectados sintéticamente por ser imitaciones del mundo genuino, por ser ficciones. Esos mundos son acumulaciones de puntos, computaciones de cosas calculadas. Pero esto vale también para el mundo "genuino", al que hemos sido arrojados. También él es computado mediante cálculos por nuestro sistema nervioso a partir de estímulos puntuales, y luego es percibido como real. Así que, o bien los mundos proyectados son tan reales como el "genuino" (si es que pueden concentrar los puntos con la misma densidad con la que lo hace éste), o bien el mundo "genuino" que percibimos es tan ficticio como los proyectados. 

La revolución cultural actual consiste en que hemos adquirido la capacidad de colocar, junto al mundo que supuestamente nos está dado, mundos alternativos. En esto nos estamos convirtiendo, de sujetos de un único mundo, en proyectos de muchos mundos. En que hemos empezado a aprender a contar.

Omar Jayam dice: “Oh, amor, si pudieses conspirar conmigo y el destino, de modo que pudiésemos aprehender entero este lamentable sistema de las cosas. ¿Acaso no lo destruiríamos, reduciéndolo a bits, para poder computarlo como nuestro corazón lo desee?”. 

La gente ve cómo estamos destruyendo entero y reduciendo a bits el lamentable sistema de las cosas. Pero lo que no ve es que también podemos computarlo como nuestro corazón lo desee. La gente debería de una vez aprender a contar.